jueves, 16 de mayo de 2019

Noticias Europeas



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La UE afronta dividida la gran reforma del euro
Los socios de la moneda única deben completar la arquitectura fiscal y financiera para lidiar con futuras crisis en plena desaceleración económica
Emmanuel Macron y Angela Merkel, en junio de 2018 en Meseberg (Alemania).Emmanuel Macron y Angela Merkel, en junio de 2018 en Meseberg (Alemania). REUTERS
Una década ha tardado la Unión Europea en sacar al último enfermo de la UCI. Tras haber drenado el déficit en sus cuentas públicas, España saldrá en junio del brazo corrector de la UE. Bruselas, que llegó a tener bajo su tutela a 24 países, deja atrás un prolongado periodo de austeridad cuyas cicatrices aún no se han acabado de cerrar en Madrid, Atenas o Lisboa. En plena desaceleración económica, Europa afronta ahora el reto de culminar una reforma del euro que evite que una nueva recesión se lleve a la moneda única por delante e implique nuevos sacrificios a sus ciudadanos.
 Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos vivió también hace una década una crisis financiera de dimensiones brutales. Sin embargo, los shocks que sufrieron Florida o California se absorbieron más rápidamente que los de Grecia o España. Además de la política monetaria, Estados Unidos contaba con una arquitectura federal que casi inexistente en la zona euro: bancos que operaban en varios estados, herramientas fiscales, un fondo de garantía de depósitos o un seguro de desempleo. Tras la crisis de la deuda soberana de 2012, que puso en riesgo la supervivencia del euro, la UE empezó a construir ese edificio. Siete años después, cuando Europa empieza a ver las orejas al lobo con la desaceleración económica, todavía está todo a medio hacer.
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El presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, dieron un impulso el año pasado en la cumbre de Meseberg a la reforma del euro. Solo seis meses antes, un grupo de economistas de primera fila de ambos países, con antiguos y actuales asesores gubernamentales, les habían marcado en un documento los pasos que necesita dar la zona euro. Entre los firmantes estaban los franceses Jean Pisany-Ferry y Philippe Martin y los alemanes Jeromin Zettelmeyer e Isabel Schnabel.
Los acuerdos de Meseberg recogían el grueso de las demandas de esos economistas y daban un nuevo impulso al eje francoalemán frente al grupo de los halcones, capitaneado por Holanda y Finlandia, férreos defensores de la disciplina fiscal y reacios a compartir riesgos. Merkel y Macron se comprometían a crear un fondo y líneas de liquidez para evitar que los ciudadanos deban pagar de su bolsillo futuras quiebras bancarias, la constitución de un fondo de garantía de depósitos comunitario —clave para romper el círculo vicioso entre las finanzas públicas y privadas— y un presupuesto de la zona euro dentro del cual podría estudiarse un seguro de paro comunitario.
Apenas un año después, los mismos economistas acaban de publicar un nuevo trabajo en el que tachan de “decepcionantes” los avances que se han producido desde entonces. El cortafuegos para los bancos en apuros es insuficiente, el fondo de garantía de depósitos sigue atascado en el Eurogrupo y los halconesquieren reducir las dimensiones del presupuesto de la zona euro y evitar que pueda servir para amortiguar los shocks que sufra un país.
El comisario de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici, opina que ese presupuesto es “demasiado limitado” y apuesta por un instrumento que permita “reducir divergencias, fomentar la confianza y resistir shocks”. “Es importante que tenga una función estabilizadora porque ahora no hay mucho espacio para la política monetaria. En la próxima crisis se podrá contar con el Banco Central Europeo, pero no de la misma forma”, coincide el investigador de Bruegel Grégory Claeys.
España desentierra el seguro de desempleo comunitario
Alemania y Francia han hallado en España un aliado para dar la batalla en el seno del Eurogrupo. La ministra de Economía, Nadia Calviño, ayudó a salvar los muebles el pasado diciembre, cuando el duro enfrentamiento entre Francia y Holanda estuvo a punto de dar al traste con cualquier avance. Tras acordar un pacto de mínimos entonces, España pugna junto a Francia para un instrumento fiscal ambicioso con carácter anticíclico.
Aunque ese presupuesto acabe reducido a una suerte de fondo para promover inversiones, Moscovici avisa: “La historia no acaba ahí”. “Espero que nuestros amigos holandeses sean razonables y, como fundadores de Europa, estén al frente de la construcción europea y no en la cola”, añade.
No obstante, la UE deberá retomar otros asuntos. España y Alemania codirigen una comisión técnica para tratar de desencallar el fondo de garantía de depósitos, que sigue suscitando recelos en Berlín. Más complejo se antoja sacar adelante un seguro de desempleo comunitario, pero España lo ha desenterrado este mes con una propuesta que ha introducido a nivel técnico junto a Francia y el gobierno de Pedro Sánchez lo fijó como una de sus prioridades en la cumbre de Sibiu (Rumania). Europa, en fin, deberá decidir en el próximo ciclo político si supera el síndrome de comparar siempre su arquitectura fiscal y financiera con la de los Estados Unidos sin dar pasos firmes para completar los cimientos del euro.
Los billetes de 100 y 200 euros que empezarán a circular en mayo tendrán un nuevo “holograma satelital”
El BCE presenta las medidas de seguridad de las nuevas denominaciones y completa así la renovación iniciada en 2013
El nuevo billete de 100 euros expuesto el pasado septiembre en la sede del Banco Central Europeo.El nuevo billete de 100 euros expuesto el pasado septiembre en la sede del Banco Central Europeo. EFE
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Primero fueron los billetes de 5 euros en 2013, luego los de 10 en 2014. Un año después se presentó la nueva serie de 20 euros a la que le siguió, poco después, la de 50. Ahora es el turno de los más grandes, los de 100 y 200 euros, que entrarán en circulación a partir del próximo 28 de mayo y con los que se completará la denominada Serie Europa que ha ido sustituyendo gradualmente los billetes introducidos en 2002.
A través de un vídeo, el Banco Central Europeo (BCE), explicó las características de los billetes, poniendo especial énfasis en las medidas de seguridad. Como primera novedad, se encuentra lo que el organismo denomina como "holograma satelital". Una imagen en la parte alta de la franja plateada que muestra dos símbolos de € cuando se mueve el billete y que aclara su color cuando le da la luz de forma directa. Al igual que sus predecesores, estos billetes cuentan con una cifra esmeralda en la esquina izquierda que representa el valor de la moneda papel, pero a diferencia de estos cuando el billete es inclinado, se pueden apreciar pequeños símbolos de € dentro de los números.  
Los billetes también cuentan con el retrato de Europa, la princesa fenicia de la mitología griega que dio nombre al continente, en dos lugares: en el holograma de la franja derecha y en la marca de agua. En el holograma, al igual que en los billetes de 50, el retrato de Europa se encuentra enmarcado por una ventana. En la marca de agua, en cambio, la imagen de la princesa está acompañada por la cifra del valor de la moneda papel.    
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Según detalló el BCE en un comunicado el pasado septiembre, las dimensiones de los nuevos billetes de 100 y 200 euros son distintas a las de la primera serie. Ambas contarán con la misma altura que el billete de 50 euros, pero no tendrán ninguna alteración en cuanto a longitud, ya que esta está determinada por el valor del billete —a mayor valor, mayor longitud—. Tal como explicó el organismo, el hecho de que todos los billetes tengan la misma altura, permitirá que sean más fáciles de manejar y de procesar por las máquinas, a la vez que tendrán una mayor durabilidad al no estar tan expuestos al desgaste. 
Paralelamente a estas medidas de seguridad perceptibles por el usuario, también se han incorporado nuevos elementos que permitirán a las máquinas especializadas procesar y comprobar su autenticidad con mayor rapidez. Yves Mersch, miembro del comité ejecutivo del BCE, explicó en la presentación el pasado año que la introducción de las nuevas denominaciones favorecerá una protección adecuada contra la falsificación.
En esta nueva serie no estarán incluidos los billetes de 500, ya que empezaron a ser retirados del mercado a principio de año. Tal como anunció el BCE a través de un comunicado, los que están en circulación conservarán su valor "indefinidamente" y podrán ser canjeados en los bancos centrales de cada país sin obstáculo alguno y por un periodo "ilimitado". 
Se adhiere a los criterios de The Trust Project
España sale de la tutela de Bruselas pese a gastar más y crecer menos en 2018
Las Administraciones públicas cierran 2018 con un déficit del 2,63% del PIB. La fortaleza de la recaudación de impuestos es decisiva para sanear las cuentas públicas
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España abandonará este año el procedimiento de tutela que Bruselas tiene abierto para los malos alumnos. Lo hará después de que las Administraciones públicas rebajaran en 2018 el déficit hasta el 2,63% del PIB, por debajo del sacrosanto límite a partir del cual la Comisión Europea activa una vigilancia especial para los países con números rojos elevados. España saneó sus cuentas el año pasado pese a gastar más y crecer menos que en 2017. El secreto es la formidable cosecha de impuestos, que el año pasado creció hasta un nivel récord.
La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, tras el Consejo de Ministros.La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, tras el Consejo de Ministros. Á. G.
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El déficit público suele funcionar como un termómetro de la salud financiera de un país. España ha tardado una década en abandonar el Procedimiento de Déficit Excesivo (PDE), el protocolo que Bruselas aplica a los países con unos números rojos superiores al 3% del PIB. La corrección ha sido a paso de tortuga durante los años en que Mariano Rajoy ocupó La Moncloa. Aunque tuvo que enjugar los profundos agujeros presupuestarios que dejó Zapatero, Rajoy remoloneó con los deberes fiscales al mejorar la economía. El expresidente popular contó con varias prórrogas concedidas por el Ejecutivo comunitario por los reiterados incumplimientos. Y evitó, in extremis, una sanción en 2015 por no ceñirse a la senda de consolidación fiscal de Bruselas. Pero el Gobierno de Sánchez no lo ha hecho mejor hasta el momento. El año pasado cerró con la menor corrección del déficit público desde 2012.
“Se ha combinado la reducción del déficit sin poner en riesgo el crecimiento económico y sin dejar a nadie atrás”, explicó este viernes la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, en la conferencia de prensa celebrada después del Consejo de Ministros donde compareció para explicar los datos del cierre presupuestario de 2018, difundidos este viernes.
SALDO PRESUPUESTARIO DE LAS ADMINISTRACIONES
Necesidad de financiación (superávit/déficit), en porcentaje del PIB
Alternativas al corsé monetario del euro
A medida que el euro divide a Europa en vez de unirla, una menor centralización monetaria puede integrarla
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Alternativas al corsé monetario del euroRAFAEL RICOY
La Unión Económica y Monetaria (UEM) fue un error histórico, no para Alemania –que originalmente estaba en contra pero se convirtió en su principal beneficiario— sino para los países mediterráneos, Francia incluida, que por distintas razones estaban impacientes por “europeizar” la moneda alemana. Esos países sufren, pero no por su elevada deuda, como sostiene Alemania, sino porque las distintas culturas económicas nacionales requieren distintos regímenes monetarios para permitir que sean internacionalmente competitivas sus distintas estructuras sociales e institucionales. Ya en 1992, Ralf Dahrendorf, el entonces director de la London School of Economics, señaló que algunos países, como Francia, han impulsado el crecimiento económico históricamente con deuda pública, mientras que otros, como Italia, dependían de la alta inflación para alimentar la demanda doméstica. Un país altamente dependiente de las exportaciones como Alemania requiere estabilidad monetaria. Impuesto en Europa en su conjunto, como sucedió durante los neoliberales años noventa, el régimen monetario a la alemana asegura mercados cautivos para las exportaciones alemanas e imposibilita las ocasionales devaluaciones a otros países para defender su competitividad internacional.
Bajo la UEM, los países que no se adaptaron a un régimen de moneda fuerte están condenados a convertirse en provincias periféricas del Norte, en particular de Alemania, predestinada a ser el polo de crecimiento de la economía europea. Las reformas estructurales que se necesitarían para cerrar la brecha son tan severas que obligarían a los países que las acometen a enfrentarse a una fuerte resistencia popular. Por eso son improbables en una democracia. Esta es la razón por la que John Maynard Keynes concluyó en los años de entreguerras que el patrón de oro era incompatible con la democracia nacional, porque impedía a los Gobiernos hacer lo que exigían sus ciudadanos: protegerlos de los choques que surgían de los mercados internacionales. La UEM que salió de Maastricht con una moneda común para un grupo de economías heterogéneas gobernadas por democracias soberanas –una unión monetaria sin una unión política— está abocada a causar un conflicto internacional sobre la política fiscal, los desequilibrios comerciales, la supervisión supranacional de los presupuestos nacionales y las exigencias de disciplina económica, por un lado, y de redistribución económica, por el otro.
¿Pueden los países perjudicados por el euro salir de él? El eslogan de Merkel, “si el euro fracasa, Europa fracasa”, ha convertido la adhesión a la moneda común en un deber moral proeuropeo más que en una opción político-económica. Esto fue intencionado, incluyendo el tono ligeramente amenazante utilizado. Sin lugar a dudas, la salida del euro supondría un coste impredecible, pero también probablemente exagerado por los ganadores de la UEM. Para equilibrar esos costes, además, están los costes de seguir en el euro, que son estructurales y se acumulan a largo plazo. Además, Alemania y Francia, los amos de la UE, podrían intentar sobreestimar los costes de una salida, como hicieron y siguen haciendo con el Brexit. ¿Habría un apretón de manos dorado, como el ofrecido por Schäuble a Varoufakis? Teóricamente, existen alternativas a la unión monetaria de talla única: discutirlas parece oportuno, también en el contexto de la imprescindible búsqueda de un régimen monetario posneoliberal a nivel global. Los desafíos incluyen el papel del dólar, cómo integrar la moneda china en el sistema financiero internacional y la política de “flexibilización cuantitativa” y tipos de interés negativos de los principales bancos centrales. En cuanto al euro, parece posible que países como Grecia e Italia, pero quizás también España, introduzcan una segunda moneda nacional junto con la moneda única, fluctuando alrededor de ella; en Italia se han puesto en marcha los preparativos para eso. También existe la posibilidad de crear una segunda moneda internacional.
Ya existe un acuerdo que permite una mayor flexibilidad monetaria. Antes de que los tipos de cambio fueran bloqueados para ser reemplazados por el euro, las monedas nacionales estaban vinculadas en un mecanismo que permitía ajustes limitados dentro de una banda de fluctuación. Las monedas que corrían el riesgo de salirse de esa banda podían solicitar el apoyo del Banco Central Europeo; el sistema se llama Mecanismo de Tipo de Cambio II. Cuando en el último momento decidió no unirse al euro, Dinamarca permaneció en ese sistema como su único país miembro, hasta el día de hoy. Ese sistema le otorga a Dinamarca un grado de soberanía monetaria y le protege contra la excesiva volatilidad del tipo de cambio. En principio, no debería ser imposible permitir que los países del euro se unan a ese sistema.
Una dual o cualquier otra escapatoria supondría reformar el patrón oro del euro y significaría más soberanía nacional: más libertad y más responsabilidad. Eso no sería un regreso al Estado-nación, como una entidad política aislada en un mundo hostil. De hecho, a medida que el euro divide a Europa en lugar de unirla, una menor centralización monetaria (y esto vale también para otros asuntos) puede llevar a una mayor y mejor integración: relaciones más igualitarias y, por lo tanto, más pacíficas entre nuestros países. Europa no puede mantenerse unida por una camisa de fuerza; será una asociación libre de países libres o no será nada. Esto requiere un reconocimiento realista de los diferentes intereses nacionales. Ningún país en Europa está dispuesto a renunciar a su soberanía, y todos quieren seguir siendo democracias. Europa no debe ser un imperio, ni alemán ni germano-francés. Confiar en la solidaridad de los países más fuertes es arriesgado. Los estados de negación suelen darse entre individuos; entre los países la clave debe ser el interés nacional.
Si el Gobierno alemán solo fuera responsable ante su industria exportadora, pagaría con gusto cualquier tarifa de entrada para que los productos alemanes accedieran a los mercados cautivos de la UEM, permitiendo a las élites locales proeuropeas mantener a sus votantes lo suficientemente contentos con la moneda común. Pero Alemania es una democracia, con el equilibrio presupuestario consagrado en su Constitución. Por lo tanto, no habrá una unión de transferencias que compense a los países miembros menos competitivos por sus pérdidas, y en cualquier caso, las cantidades requeridas serían demasiado elevadas incluso para Alemania. Además, a largo plazo, la dependencia de las transferencias de un país más rico socavan el autogobierno nacional, ya que el país que las otorgue querrá opinar acerca de cómo las usa el país receptor. Mantener el euro con la esperanza de que Alemania pague a los perdedores bajo ese régimen monetario sería un gran error.
Berlín y París pactan un presupuesto de mínimos para la zona euro
El nuevo instrumento presupuestario estará ligado a las implementación de reformas y rebaja las aspiraciones del presidente Macron de crear una gran capacidad fiscal europea
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Berlín / Bruselas 22 FEB 2019 - 18:33 CET
El presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, firman un nuevo tratado de amistad el 22 de enero de 2019.El presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, firman un nuevo tratado de amistad el 22 de enero de 2019. LUDOVIC MARIN AFP
Francia y Alemania han puesto por fin negro sobre blanco la esperada propuesta para dotar a la zona euro de una suerte de presupuesto con el que hacer converger a las economías de los países miembros. El texto de cuatro páginas que proponen París y Berlín, y al que ha tenido acceso este diario, es la propuesta más detallada hasta la fecha para crear un instrumento financiero destinado a impulsar, a partir de 2021, la competitividad de la zona euro en tiempos de turbulencias políticas y polarización social.
El documento rebaja drásticamente las ambiciones planteadas hace casi dos años por el entonces recién elegido presidente de Francia, Emmanuel Macron. París aspiraba entonces a un potente presupuesto, equivalente a varios puntos de PIB de la zona euro, con el que evitar que otra gran crisis vuelva a poner en peligro la supervivencia de la moneda única.
Sin embargo, Berlín ha diluido el proyecto hasta reducirlo a un mero "instrumento presupuestario", según el texto conjunto, integrado en el marco financiero de la UE y destinado solo a financiar proyectos de reformas estructurales o inversiones públicas ligadas a esas reformas.
El Gobierno francés se ha resignado finalmente a las tesis del gobierno de Angela Merkel. Y París ha preferido un acuerdo de mínimos que al menos permita llegar a las elecciones de mayo al Parlamento Europeo con un logro tangible en el programa europeísta de Macron. Los partidarios de un presupuesto común también confían en que el instrumento aceptado a regañadientes por Alemania sirva como embrión para un salto en la unión fiscal mucho mayor.
El "instrumento presupuestario" franco-alemán se dedicaría a apoyar “las reformas nacionales” para “impulsar la competitividad y la convergencia en la zona euro”, según reza el texto. El documento elude significativamente el término presupuesto de la zona euro, tabú para gobiernos como el de Alemania u Holanda, y precisa que el nuevo instrumento "formará parte del presupuesto de la UE". Y añade que "no se apoyará en créditos", lo que cierra el camino a una capacidad fiscal y estabilizadora como pretendían Francia o España.
El nuevo fondo, según la propuesta, se nutrirá de aportaciones nacionales y, cuando sea posible, de los fondos de la UE. También se menciona la posibilidad de generar recursos externos, como con el siempre postergado impuesto sobre las transacciones financieras.
La partida financiará costes ligados a los planes de reformas presentados por los Estados de la zona euro en el llamado Semestre Europeo o marco de coordinación económica. La Comisión Europea deberá aprobar esos planes. 
En la actualidad, la mayoría de las reformas planteadas en esos planes nacionales se convierten en papel mojado. Pero, según el documento franco-alemán, en el futuro "la financiación [procedente del instrumento de la zona euro] fluirá dependiendo del progreso en la implementación [de las reformas]". El fondo también podrá utilizarse como aval para proyectos de inversión, en la línea del llamado plan Juncker puesto en marcha en esta legislatura.
El acuerdo franco-alemán advierte, sin embargo, de que "los Estados miembros estarían obligados a cofinanciar una parte sustancial de los proyectos de inversión", aunque contempla la posibilidad de reducir la tasa de cofinanciación "temporalmente" en el caso de que un país sufra una crisis severa.
La propuesta franco-alemana debe ser discutida ahora por los ministros de finanzas del resto de países de la zona euro. La condicionalidad impuesta por Berlín puede hacer más digerible el proyecto entre los socios del norte de la zona euro, reacios a cualquier canal financiero que pueda interpretarse como un trasvase de recursos hacia los socios más débiles.
A cambio, París logra que el control político de la nueva partida recaiga en el Eurogrupo (ministros de Economía y de la zona euro) y en las Eurocumbres (de presidentes del Gobierno). Esa fórmula de gobernanza, que se plasmaría en un acuerdo intergubernamental, permite esquivar a los socios de la UE que mantienen su propia divisa y refuerza el papel del Eurogrupo como contrapeso político a la autoridad monetaria del Banco Central Europeo, un objetivo siempre perseguido por Francia y frenado hasta ahora por Berlín.
Sin embargo, de la maraña de tecnicismos en los que se detiene la propuesta ya se desprende que han quedado lejos las ambiciones francesas de refundación de la zona euro con un presupuesto multimillonario.
El pasado verano, la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron, se conjuraron en el palacio de Meseberg para sacar adelante una potente agenda de reformas con las que hacer frente a los crecientes desafíos de la Unión.
Tras meses de parálisis y con las elecciones europeas a las puertas, el llamado eje franco-alemán presenta un documento rebajado, pero que a la vez diseña por primera vez un instrumento financiero específico para la eurozona. Al margen de su potencial efectividad, eso les permitirá a los líderes europeos tener por lo menos algo concreto que mostrar a los ciudadanos antes de las elecciones.
El débil crecimiento de la zona euro confirma la tendencia a la desaceleración
La pérdida de fuelle de las principales economías augura otro año anémico para los socios de la moneda única
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Lluís Pellicer
Corresponsal en Bruselas
Dos de las principales economías de la zona euro, Alemania e Italia, han lastrado el crecimiento de los socios de la moneda única. Según el dato publicado este jueves por Eurostat, el Producto Interior Bruto (PIB) de los Diecinueve avanzó un 1,8% el año pasado, cinco décimas menos que en 2017. El dato confirma la senda de desaceleración que vienen advirtiendo todos los organismos internacionales por el contexto político y social dentro y fuera de la Unión Europea.
Fabricación del primer vehículo comercial Opel en la fábrica PSA Peugeot Citroën en VigoFabricación del primer vehículo comercial Opel en la fábrica PSA Peugeot Citroën en Vigo VÍCTOR CAMESELLE
Las dos caras del euro cerraron el año con dificultades. Italia, la segunda economía europea más endeudada, entró en recesión en el tramo final de 2018. Y Alemania, cuya política presupuestaria se aferra a la disciplina fiscal, la bordeó y quedó literalmente estancada. Pero el euro es una sola moneda y la economía que la respalda se dirige a una desaceleración más pronunciada de lo previsto tras un dato que supone el menor avance desde 2014.
EVOLUCIÓN DEL PIB EN LA ZONA EURO
Tasa de variación, en %
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Fuente: Eurostat. EL PAÍS
El globo al que se han subido las economías europeas sigue en el aire: lleva ya 23 trimestres consecutivos de crecimiento. Pero cada vez es más complicado que gane altura. Ya no soplan los mismos vientos que hace apenas un año, cuando el conjunto de la zona euro creció por encima de los Estados Unidos. Ahora Europa se enfrenta a otras corrientes que la Comisión Europea resumió la semana pasada: las guerras comerciales entre Estados Unidos y China y las tensiones políticas y sociales (Brexit, Francia o Italia) en el seno de la UE.
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Y con un clima más frío y volando a grandes alturas, las economías europeas no cuentan ya con el programa de compra de activos (PPA, en sus siglas en inglés) del Banco Central Europeo (BCE) para aumentar la presión del combustible. Mario Draghi, su presidente, puso punto y final a esa política a finales del año pasado. Pero con una inflación que a finales de año volvió a caer para situarse en el 1,6%, Draghi viene advirtiendo en sus discursos de que aún se necesita un “volumen significativo” de estímulos de la política monetaria para respaldar un aumento de los precios que se sitúe alrededor del 2%.
Y en ese contexto, los halcones ya advierten de que una zona euro cuyas costuras aún no están preparadas para una crisis ponen en riesgo la independencia del BCE al situarlo en la primera línea de la trinchera. Sin referirse a la situación actual, el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, aseguró el pasado martes en una conferencia en Pretoria (Sudáfrica) que “ciertos asuntos, como la falta de credibilidad de las reglas fiscales o el nexo perjudicial entre los bancos y la deuda soberana aún deben ser abordados adecuadamente”, según informó Reuters.
Factores estructurales
Alemania e Italia explican el tímido avance del 0,2% que experimentó el PIB de la zona euro en el último trimestre del año. “La desaceleración en Europa se debe sin duda a una larga serie de factores transitorios, como la crisis de los chalecos amarillos en Francia o los problemas del sector del automóvil en Alemania”, sostiene el analista y exsecretario del Tesoro italiano Lorenzo Codogno. Aun así, Codogno ve complicado atribuir toda esa tendencia a factores temporales: la moderación del ritmo de las exportaciones es "considerable" y los indicadores apuntan a otra crisis en el sur, en esta ocasión en Italia.
EVOLUCIÓN DEL PIB EN 2018
Variación intertrimestral en %
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Fuente: Eurostat. EL PAÍS
El economista enumera una serie de circunstancias que siguen suponiendo un problema para la economía europea: debilidades estructurales, políticas fiscales erróneas, la situación del sector bancario y la falta de estabilización macroeconómica. Y aventura que esa desaceleración de la zona euro "probablemente" se traduzca en una "profunda recesión en Italia".
Los indicadores de producción industrial, de hecho, arrojan una atonía desde mediados del año pasado. Si bien la fabricación de vehículos en Alemania se vio interrumpida en el tercer trimestre por la entrada en vigor de nuevas normas medioambientales, el rebote esperado solo se vio en octubre. La industria volvió a dar señales negativas, según Eurostat, en noviembre y diciembre. El dato de creación de empleo, en cambio, fue una décima mejor en los últimos tres meses del año, con un avance del 0,3%.
En cualquier caso, las tensiones sociales y políticas, que van desde el Brexit hasta la crisis de los chalecos amarillos, siguen estando ahí. Por ello, el pasado lunes el presidente del Eurogrupo, Mário Centeno advirtió de que "los riesgos que arrastran hacia abajo el crecimiento son principalmente políticos" y llamó a la "acción" para reducirlos y para seguir con las reformas que aseguren los "fundamentos sólidos" que, a su juicio, tienen las economías europeas.

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Fuente: Banco de España. EL PAÍS
El relato del Gobierno de Pedro Sánchez consiste en describir un panorama repleto de dificultades para ajustar las cuentas presupuestarias tras la moción de censura. Por eso, nada más llegar a La Moncloa, el Ejecutivo socialista informó a Bruselas de que sería imposible rebajar el déficit público a la meta del 2,2%. Argumentó que los ingresos proyectados por el anterior Gobierno de Rajoy estaban sobrevalorados y se autofijó una nueva meta, del 2,7% del PIB. La realidad ha demostrado que las proyecciones del anterior ministro de Hacienda Cristóbal Montoro no estaban tan mal tiradas. La recaudación ascendió el año pasado al mayor nivel de la historia, con más de 208.000 millones de ingresos. De hecho, es la menor desviación de ingresos desde 2010, cuando una subida de impuestos a mitad de la legislatura de Zapatero permitió superar las expectativas.
Cuando Sánchez desembarcó en La Moncloa la economía ya perdía fuelle y comenzaba a hablarse seriamente de ralentización. Un ajuste presupuestario mayor de lo previsto podía frenar aún más la economía. Así que el equipo económico de Sánchez trató de aumentar el gasto para insuflar velocidad a la actividad. Además, le permitía cumplir con sus compromisos políticos de recuperar algunos de los derechos recortados durante la crisis. Y lanzar un plan para combatir la desigualdad, la gran secuela de la recesión.
La ministra de Hacienda tuvo que hacer encaje de bolillos para cuadrarlo todo manteniendo el rigor presupuestario. Porque además el sueldo de los funcionarios subió más que el IPC por primera vez en una década. Y los jubilados recuperaron poder adquisitivo tras una revalorización del 1,6% de las pensiones.
SALDO POR ADMINISTRACIONES
Necesidad de financiación (superávit/déficit), en porcentaje del PIB
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Fuente: Banco de España. EL PAÍS
De hecho, el Estado central es el subsector de las Administraciones públicas que más corrigió el déficit el año pasado. Y las comunidades autónomas continuaron con su avance en el saneamiento de sus cuentas. Un ejemplo de ello es que una decena de autonomías están en superávit (Canarias, Navarra, País Vasco, Asturias y Galicia) o tienen al alcance de la mano el equilibrio presupuestario (Extremadura, Aragón, Cantabria, Castilla y León, Madrid y La Rioja).
El punto negro sigue siendo la Seguridad Social. Registró un déficit del 1,41% del PIB. La factura de las pensiones pesa como una losa en las cuentas públicas. De hecho, encontrar una solución para garantizar la sostenibilidad del sistema de pensiones es uno de los grandes retos de la próxima legislatura.
EL GASTO PÚBLICO SE ACELERA EN EL SEGUNDO SEMESTRE
Las administraciones públicas gastaron el año pasado 500.641 millones de euros, la mayor cantidad de la historia de la Hacienda Pública española. El gasto público se aceleró en el segundo semestre, cuando el PSOE llegó al poder y Pedro Sánchez desembarcó en La Moncloa. Desde junio, el gasto público creció en 16.737 millones respecto a la cantidad desembolsada en la primera mitad del año, según los datos difundidos ayer por la Intervención del Estado.
El crepúsculo de la supervisión bancaria
La supervisión bancaria se ha debilitado fuertemente desde finales del siglo XX por una línea de pensamiento que considera esencialmente perversa la regulación financiera
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Andrea Enria, presidente del Mercanismo Único de Supervisión (MUS).Andrea Enria, presidente del Mercanismo Único de Supervisión (MUS). A. KWAN BLOOMBERG
Yo siempre pensé que las crisis desencadenaban una mejora en la supervisión. Pero, en mi opinión, en esta crisis no ha sido así. Me refiero a la supervisión bancaria europea y particularmente a España. Porque nuestra supervisión, con inspectores excelentes, no funcionó bien en la reciente crisis. Y la europea, ahora en manos del BCE, puede agudizar el problema.
La supervisión bancaria se debilitó fuertemente, desde finales del siglo XX por una línea de pensamiento que considera esencialmente perversa la regulación financiera, por la proliferación de productos financieros extravagantes y por una regulación de capital emanada de Basilea II, esencialmente dominada por la idea de la auto-regulación y los modelos matemáticos. Pero, la tan esperada creación de la Unión Bancaria Europea (UBE), con su eje en el BCE, no resolvió, sino que viene agravando la situación. En efecto, la UBE unificó y modificó la regulación, la supervisión propiamente dicha y la resolución de bancos, pero sus efectos han consagrado la decadencia de los mecanismos históricamente más eficaces de supervisión.
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Hace no mucho, coincidí con uno de los auditores que considero más valiosos. A lo largo de nuestra conversación, fue desgranando conceptos que me escandalizaron: “Se acabaron las valoraciones de activos, mediante inspecciones in-situ”. “La refinanciación no impide el reconocimiento como ingresos de intereses refinanciados”. “Las pérdidas deben cubrirse con capital y no con provisiones”. La realidad nos sitúa en mundos aparte. Su relato parecía olvidar que los bancos con problemas tienden a ocultarlos. Yo no puedo olvidarlo.
Andrea Enria, recientemente elegido nuevo responsable del MUS o Mecanismo Unificado de Supervisión del BCE, manifestaba públicamente haber identificado serias deficiencias supervisoras de la etapa anterior. Decía, por ejemplo, que “se llega a omitir la clasificación como morosas de operaciones que jurídicamente lo son”.
Complementaré a Andrea Enria, citando otras graves deficiencias emanadas desde distintas instituciones internacionales. Comenzaré con las normas internacionales de contabilidad, que, simplistamente aplicadas, permiten evitar y diferir el registro de pérdidas esperadas, que son el meollo de la insolvencia. Además, permiten contabilizar intereses incobrables, especialmente en operaciones refinanciadas. Y sustituyen la valoración de activos caso a caso por modelos teóricos matemáticos y pruebas de esfuerzo poco fiables, elaborados ambos por las propias entidades. Incluso por aquellas proclives a maquillar sus problemas. Por otra parte, se establecen unas exigencias de capital regulatorio que permiten operar a entidades con solo un 3% de capital sobre sus activos totales, pero que consiguen alcanzar el 12% de capital regulatorio, computando componentes artificiosos y estima la solvencia como proporción sobre solo una parte de los activos.
Sobre este preocupante panorama, el BCE, como supervisor de los mayores bancos europeos desde noviembre de 2014, ha predicado otras políticas que lo ensombrecen aún más. “La contabilidad no debe ser cosa del supervisor”. “Las inspecciones deben ser muy breves y concentrarse en los procedimientos”, en lugar de verificar cuánto valen los activos del banco. ¿Podría un médico diagnosticar nuestra salud sin examinar nuestras analíticas? Además, el BCE parece ceder a los lobbies, tendiendo a que sean los auditores quienes revisen los números. Sustituiría así a servidores públicos —los supervisores— por empresas privadas, cuya actuación durante la crisis resultó “manifiestamente mejorable”.
Para el BCE, el presente no parece ser lo más relevante. Debe prevalecer un enfoque Forward looking o de estimación teórica del futuro. Y es que la gran panacea pasa a ser la mejora de la gobernanza, objetivo loable pero abstracto, solo alcanzable a largo plazo y de difícil control, que sustituye a la necesaria comprobación del valor de los activos. Mientras tanto, paradójicamente, se pasa de largo sobre temas como la opacidad de los estados contables, prototipo de mala gobernanza.
Se da también un serio problema estructural: todos los mecanismos bancarios de la Unión Europea, incluso los rescates, los sufragan los países miembros. Lo cual puede, además, inducir a la relajación del supervisor común y a un exceso de confianza de los gobiernos. “Ya vigila el BCE”. Recordemos que España es el país que tiene más activos bancarios supervisados por el BCE 90%. Frente a un 60% de Alemania, por ejemplo.
Mi experiencia me dice que, aún con un marco regulatorio deficiente, una supervisión rigurosa puede conseguir resultados eficaces. Si no es así ¿cuáles son las causas de una supervisión laxa, más allá de las ya expuestas? Destacaré algunas.
Algunos conciben erróneamente la supervisión como ayuda o protección al supervisado. En lugar de identificar sus problemas y exigirles que los solucionen.
También pueden darse diagnósticos basados en hipótesis fundamentalmente equivocadas, como el considerar una crisis como un simple problema de liquidez y no de solvencia. O esperar que una ilusoria estabilidad acabará superando los problemas por sí sola.
Otra causa de laxitud es la resistencia de los lobbies. O de los propios Gobiernos, por razones electoralistas o de prestigio. O por una política fiscal cortoplacista, que pretende evitar a toda costa el gasto del fisco. Objetivo ideal, pero imposible de lograr sin generar males mayores.
También puede darse “la captura del supervisor”, cuando éste, víctima de sus propios errores del pasado o de haber cantado victoria prematuramente, rehúsa contradecirse o implantar una política de signo contrario a la que antes aplicó.
Pero, por encima de todas las causas de una supervisión permisiva, está la falta de voluntad política de los Gobiernos o de los propios Supervisores.
El resultado conjunto de este nuevo marco es una banca vulnerable y, a poco que empeoran las circunstancias económicas, propensa a graves problemas. Y eso ocurre transcurrida más de una década desde que explotó la crisis y después de cuatro años largos en que los mayores bancos europeos están supervisados por Frankfurt.
El hecho es que, tras la crisis bancaria, que ha supuesto un masivo apoyo de dinero público y del BCE, muchos de los elementos que la hicieron posible continúan presentes. El sistema bancario no ha cambiado mucho en lo sustancial y su supervisión se ha entumecido. La pretensión de muchos de que ahora los bancos son más seguros es como confiar en que reducir el límite de velocidad de 100 a 90 Km/hora para los camiones con explosivos hará más seguras las carreteras, aún cuando los policías de tráfico no verifiquen los tacógrafos y estos puedan ser manipulados por los camioneros.
Concluiré con el tema de la responsabilidad. Es evidente que la responsabilidad primaria de la insolvencia es de los administradores y gestores, responsables ante sus aportadores de capital y otros recursos. También son responsables los auditores externos. Ante los accionistas y ante el mercado, que basa en ellos sus decisiones. ¿Y el supervisor? Como servicio público que es, es responsable ante el país de asegurar la estabilidad y la solvencia del sistema financiero. Pero no para ahí su responsabilidad. Porque una supervisión laxa constituye un incentivo para que el mercado emprenda o intensifique las malas prácticas, las cuales pueden desembocar en la quiebra de las entidades. O incluso de los sistemas. Quiebra que acaba sufragando, en todo o en parte, el contribuyente.
Los países, incluida España, se juegan mucho en este envite. El coste social y económico de la decadencia de la supervisión puede resultar enorme. Las generaciones futuras no deben pagar los posibles errores de hoy.
La reforma de la eurozona
La agenda de cambios es respaldada en España pero no en los Estados miembros
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La reforma de la eurozonaRAFAEL RICOY
Es difícil escribir algo novedoso sobre las reformas pendientes de la zona euro. Es compartido que la unión bancaria necesita un seguro de depósitos común y un fiscal backstop global. A su vez, la eurozona adolece de un instrumento presupuestario que complemente las políticas fiscales nacionales y permita acomodar el ciclo con una función estabilizadora. Esta misión podría ser acometida por un presupuesto, que además permitiera la emisión de un activo libre de riesgo, o bien un seguro de desempleo o, como ha propuesto la Comisión, de inversiones.
Esta agenda de reformas cuenta con un amplio respaldo en España, con matices entre las distintas fuerzas políticas, y diferentes aspiraciones posteriores. Sin embargo, a nivel comunitario no somos capaces de movilizar similar consenso. Los intereses de unos u otros Estados están dificultando esas negociaciones, pero más allá de esas aproximaciones de corto plazo, o como resultado de todas ellas, la reforma de la eurozona está caminando por una senda no muy reconfortante. Es cierto que avanza, pero no sé si en la mejor de las direcciones. Veamos.
Los avances en regulación, supervisión y resolución bancaria no conformarán una unión bancaria hasta que se adopte un fiscal backstop de los instrumentos de reaseguramiento privado (Fondo de Resolución y del futuro Fondo de Depósitos). Hasta el momento no hay mayoría ni en el Consejo (por la oposición de los países acreedores), ni en el Parlamento (por el bloqueo de conservadores y liberales) para sacarlos adelante. Pero, incluso, en las declaraciones políticas más avanzadas se limita cuantitativamente la capacidad de respaldo del futuro backstop, vaciándolo por tanto de tal cualidad.
Una discusión encuadrada solo en los intereses a corto plazo nos puede llevar al sitio que nadie quiere
Por otra parte, el debate sobre el presupuesto de la zona euro, aún a pesar de los esfuerzos de los socialistas europeos y de algunos países como España, no acaba de desbordar un potencial incremento de los fondos para competitividad y convergencia. Los mismos países y las mismas fuerzas políticas europeístas (conservadores y liberales) se oponen a introducir una función estabilizadora, y sin ella no habrá capacidad de gestión del ciclo económico. Sólo se observan avances claros en la transmutación del actual Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) en un Fondo Monetario Europeo, que pudiera ofrecer liquidez de manera precautoria, aminorando así los programas de condicionalidad, pero manteniendo los problemas de legitimidad democrática.
Ahora bien, una unión monetaria sin seguro de depósitos, sin un auténtico fiscal backstop, sin emisión de un activo común libre de riesgo y sin un instrumento estabilizador agregado no camina hacia una genuina unión económica. Es más, si la única reforma posible es ampliar la misión del MEDE, hemos de concluir que la eurozona se inclina hacia un modelo de unión de tipo de cambio fijo reforzado.
Bajo ese modelo, la zona euro no necesita ningún pilar fiscal, sería suficiente con una coordinación de las distintas políticas presupuestarias nacionales. Pero sería superfluo un instrumento estabilizador común o la emisión de algún tipo de activo libre de riesgo global. No se necesitaría tampoco ningún seguro de depósitos europeo, ni por supuesto ningún fiscal backstop, en la medida que el reaseguramiento privado sería suficiente, y cualquier respaldo de último recurso contribuiría a una unión fiscal, ni deseada, ni ineludible. En todo caso, esa unión sí debería disponer de una institución multilateral que provea financiación ante posibles amenazas de ruptura del tipo de cambio, y eso parece que será lo que haga el MEDE con mayor facilidad y rapidez bajo el rótulo del Fondo.
De este modo, y pendientes aún de los afanes reformistas del remanente de la presente legislatura, debemos clarificar que la senda que ha ido tomando la reforma de la unión monetaria, por el bloqueo de los países acreedores y el rechazo de populares y liberales en el Parlamento ha ido conduciendo nuestra zona euro hacia un modelo de un tipo de cambio fijo algo más robusto. Pero todos los tipos de cambio fijo han acabado por romperse. Bretton Woods por los déficits norteamericanos, y los abultados superávits comerciales de Alemania no son ahora menos preocupantes, cuya corrección exigiría, por cierto, una política fiscal nacional, no sé si amparada en las actuales normas presupuestarias. Necesitamos, pues, clarificar el debate y situarlo en el plano de las ideas. Una discusión encuadrada sólo en el marco de los intereses de corto plazo nos puede estar llevando a algún sitio que, quizá, nadie quisiera.
El paro de la zona euro baja del 8% por primera vez en una década
El desempleo en el conjunto de la UE se encuentra en mínimos del año 2000
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El vicepresidente del BCE, Luis de Guindos, en un acto en Riga (Letonia), este lunes.El vicepresidente del BCE, Luis de Guindos, en un acto en Riga (Letonia), este lunes. VALDA KALNINA EFE
La recuperación de la economía europea sigue cosiendo las heridas de la Gran Recesión tras años de crecimiento. A comienzos de 2016 la eurozona recuperó el nivel de PIB previo al shock derivado de la crisis. A finales de ese año, el número total de trabajadores empleados en los Diecinueve también se situó en zona previa a la quiebra de Lehman Brothers. El dato anunciado este miércoles por Eurostat rompe una nueva barrera: en noviembre, la tasa de desempleo en los países del euro se situó en el 7,9%, la mejor cifra en más de una década, desde octubre de 2008. Los indicadores se mantuvieron estables en el conjunto de la Unión Europea, donde el paro se quedó en el 6,7%, su porcentaje más bajo desde que empezaron a publicarse datos mensuales en el año 2000.
Poco más de 13 millones de personas buscan empleo sin encontrarlo en los países de la eurozona según la agencia estadística europea. Son 90.000 menos que hace un mes y 1,13 millones menos que un año atrás. República Checa (1,9%), Alemania (3,3%) y Holanda (3,5%) son los alumnos aventajados. Tres Estados del Sur son los únicos que superan el 10% de desocupados, con Italia (10,9%), España (14,7%) y Grecia (18,9%) a la cola. La buena noticia es su progresión. Estos dos últimos países son, junto a Croacia, los que más han recortado su tasa de desempleo en el último año.
La economía comunitaria sigue muy lejos de alcanzar las cotas de mejora de su socio del otro lado del Atlántico. El paro en la eurozona supera en más del doble el de Estados Unidos en noviembre, cuando solo el 3,7% de trabajadores seguía sin tener acceso a un empleo en el mercado laboral norteamericano. Como se encargó de recordar semanas atrás el presidente del BCE, Mario Draghi, la actual expansión de la eurozona acumula 22 trimestres ininterrumpidos de crecimiento en los que el PIB ha avanzado un 10%, frente a los 37 trimestres de Estados Unidos en los que su economía ha crecido el doble.
La lección positiva de la Historia es que la media de los cinco grandes periodos de expansión de la zona euro desde 1975 fue de 31 trimestres y un 21% de crecimiento. Sin embargo, pese a haberse quitado de encima la patata caliente de los presupuestos italianos, la incertidumbre derivada del Brexit, las tensiones comerciales y la retirada de estímulos del BCE amenazan ese registro. El tercer trimestre el avance de la eurozona fue pírrico, del 0,2%, y Bert Colijn, analista del banco holandés ING se pregunta si a ese ritmo, carente de brío, puede Europa seguir creando empleo. "Tras un 2018 decepcionante para el crecimiento, las empresas parecen estar ajustando a la baja sus plantillas. Eso podría ralentizar la creación de empleo en los próximos meses y debilitar el consumo", advierte.
El enfriamiento económico aleja la subida de tipos de interés en la eurozona
La desacelaración y la baja inflación amenazan con retrasar el alza prevista por el BCE para este otoño
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Luis Doncel
La última vez que el BCE elevó los tipos de interés, en julio de 2011, el sur de Europa salía de una crisis en la que no tardaría en volver a caer. Mario Draghi, que entonces aún no presidía el Eurobanco, lo tenía todo preparado para despedirse de Fráncfort con la primera subida de tipos de su mandato. Pero los datos se lo están poniendo difícil. La desacelaración de la economía y la baja inflación amenazan con retrasar el alza prevista para este otoño. La mayoría de inversores y analistas ya descartan una subida del precio del dinero en 2019. “Si todo continúa deteriorándose, a Draghi no le va a quedar otra opción que cambiar sus planes”, asegura Carsten Brzeski, de ING.
El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, durante el aniversario de la creación del euro. El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, durante el aniversario de la creación del euro. VINCENT KESSLER REUTERS
El camino parecía fijado desde hace tiempo. El Banco Central Europeo (BCE) mantendría los tipos de interés en sus niveles actuales “hasta al menos el verano de 2019”, como repetía Draghi una y otra vez. Esas palabras, entendían la mayoría de analistas, significaban que la primera subida de la era Draghi llegaría en septiembre, abandonando tres años del precio del dinero a cero. El italiano podría así despedirse del cargo el 31 de octubre con la economía europea encarrilada y, además, demostrando que él también sabía subir tipos. Pero la realidad parece querer ponérselo más difícil.
Las noticias que llegan de las capitales europeas no son buenas. Alemania sorprendió la semana pasada con unos datos de crecimiento que sitúan a 2018 como su peor año desde 2013; y con el segundo semestre al borde de la recesión. La situación en Italia preocupa aún más. Y España, pese a ser de las pocas economías que crece por encima del 2%, también da muestras de agotamiento.
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Fuente: Bloomberg. EL PAÍS
El BCE rebajó en diciembre sus previsiones de crecimiento para la eurozona. Y el propio Draghi acaba de alertar de que los últimos indicadores económicos son “más débiles” de lo esperado y que las incertidumbres son aún “notorias”. “No hay lugar para la complacencia. Todavía hace falta un nivel significativo de estímulos monetarios”, dijo desde Estrasburgo en la celebración del vigésimo aniversario del euro.
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No se trata solo de los decepcionantes datos de crecimiento. La presión para elevar tipos también cae por culpa de una inflación contenida por el menor precio del petróleo. La inflación en la eurozona creció en diciembre un 1,6%, alejándose del 1,9% del mes anterior y del entorno del 2% que el BCE tiene como objetivo.
Este cóctel ha hecho que muchos analistas pospongan ya a 2020 la que sería la primera subida en el precio del dineroen ocho años. Incluso el Gobierno español adelanta también esta posibilidad. “Varias economías europeas están registrando crecimientos más bajos, y eso limita las previsiones de incrementos de tipos del BCE”, señaló la semana pasada el secretario general del Tesoro, Carlos San Basilio.
La encuesta de Bloomberg entre economistas retrasa a abril de 2020 la primera subida del tipo oficial, que quedaría en el 0,25%, y a octubre de este año en el tipo de depósito, que avanzaría solo una décima respecto a la tasa negativa del 0,4% actual. Según otro indicador también de Bloomberg, este con datos de rentabilidad del mercado, un 61% de los inversores confía en que los tipos se mantengan invariables este año, frente a un 36% que sí cree que el BCE va a endurecer su política monetaria en los próximos meses.
Carsten Brzeski, economista jefe de ING en Alemania, cree que cuando Draghi hable tras la reunión del Consejo de Gobierno del próximo jueves, mantendrá su discurso sin cambios; y que muy probablemente haga lo mismo en marzo. “Necesita tiempo para analizar los datos que van llegando. El enfriamiento económico en China, las consecuencias del Brexit o la amenaza de guerra comercial podrían dar aún alguna sorpresa positiva. Pero de no ser así, se verá obligado, aunque le pese, a retrasar la subida”, añade. Joaquín Maudos, director adjunto del Ivie, comparte este diagnóstico. “La variable clave que guía al BCE no es tanto el crecimiento del PIB sino las expectativas de inflación. Y ahora mismo, esas expectativas presionan también para un retraso en la subida”, añade el también catedrático de la Universidad de Valencia.
Analistas como Marko Mrsnik, de S&P Global, sin embargo, mantienen su previsión de que Draghi suba tipos ya en septiembre. “Pero sí existe la posibilidad de que se retrase si se materializan riesgos como una escalada en la guerra comercial que pudiera dañar las perspectivas de inflación”, añadía Mrsnik la semana pasada en la presentación de las perspectivas para 2019 de S&P.
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Fuente: Bloomberg. EL PAÍS
¿Cómo afectará a economías como la española que los tipos sigan en la zona cero más tiempo de lo previsto? Sería una buena noticia para un país cuya deuda pública ronda el 100% del PIB. Pero los bancos podrán seguir quejándose de la escasa rentabilidad que les deja el dinero ultrabarato. “En España, la deuda del sector privado ha reducido más de 60 puntos su peso en el PIB. Pero sigue habiendo un elevado porcentaje de esa deuda en empresas financieramente vulnerables. Son las que lo pasarían muy mal si los tipos subieran”, añade Maudos.
Si finalmente se materializa, la decisión de posponer la subida de tipos implicaría alargar aún más tiempo la época de medidas extraordinarias con las que los bancos centrales han luchado contra la Gran Recesión. Y reduciría el margen de maniobra del Eurobanco para afrontar nuevos nubarrones en el horizonte. “El riesgo es que los bancos centrales se queden sin su herramienta clásica para abordar una crisis, que es bajar los tipos de interés”, sintetiza Santiago Carbó, director de Estudios Financieros de Funcas.
Los bancos centrales empiezan a retirar los billetes de 500 euros
Desde el 27 de enero los organismos supervisores del BCE retendrán los billetes para evitar "la comisión de actividades ilícitas"
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Íñigo de Barrón
El uso del billete de 500 euros en las operaciones ilícitas ha forzado al BCE a mover ficha: desde el 27 de enero todos los bancos centrales de la eurozona, excepto el de Alemania y Austria, retirarán todos los que lleguen a su poder. En Europa circulan 521 millones de estos billetes, lo mismo que en 2008. En España, hasta octubre, la cifra de billetes distribuidos menos los retirados ha caído al nivel de 2003. El turismo, la lucha contra el fraude y el cierre de sucursales explican este descenso.
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Billetes de 500 euros. EFE / EPV
Los famosos binladen, conocidos así porque todo el mundo oía hablar de ellos pero nadie los veía, tienen fecha de caducidad. En España, que llegó a acaparar el 26% del total de los billetes de 500 euros, se hicieron muy populares por estar ligados a las oscuras tramas del mercado inmobiliario. Las autoridades europeas han demostrado su innegable utilización como instrumentos para el blanqueo y la fuga de capitales, así como en operaciones ligadas al narcotráfico y al terrorismo.
Ante esta situación, el Banco Central Europeo (BCE) ha puesto fin a su distribución “teniendo en cuenta la preocupación de que los billetes de esta denominación puedan facilitar la comisión de actividades ilícitas”. No obstante, el presidente del BCE, Mario Draghi, los defendió hasta 2013: “Estos billetes cumplen un papel como depósito de valor, como medio de pago y como refugio de activos”, dijo, y se negó a retirarlos del mercado.
En enero se iniciará su retirada del mercado ya que no se volverán a entregar a los bancos privados, según fuentes del BCE. No obstante, seguirán siendo de curso legal, podrán utilizarse como medio de pago y circularán mientras no lleguen a manos de un banco central de la zona euro. Mantendrán de manera permanente su valor y podrán cambiarse en los bancos centrales de la zona euro sin límite de tiempo.
Pero no todos los bancos centrales actuarán igual: para garantizar “una transición armoniosa y por razones logísticas”, el Banco Federal de Alemania y el Banco Nacional de Austria continuarán reintroduciéndolos en el mercado hasta el 26 de abril de 2019, precisó el BCE “porque tienen un uso más extendido del efectivo en billetes de 500”. Este gesto se ha interpretado en el mercado como una forma de mitigar las críticas germanas a esta medida.
El euro cumple 20 años todavía en la pelea para ganarle terreno al dólar
Dos décadas después, sigue siendo la segunda moneda mundial pese a su pérdida de peso tras la Gran Recesión
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El comisario europeo Yves-Thibault de Silguy y el presidente del BCE, celebrando la llegada del euro el 31 de diciembre de 1998El comisario europeo Yves-Thibault de Silguy y el presidente del BCE, celebrando la llegada del euro el 31 de diciembre de 1998 H. VERGULT (EPA)
Europa vivió en la Nochevieja de 1998 uno de los momentos más trascendentes desde los inicios de su integración. A medianoche, mientras millones de ciudadanos daban la bienvenida a 1999, once países adoptaban la nueva moneda que había alumbrado el continente: el euro. Los ciudadanos no lo llevarían en sus bolsillos hasta tres años más tarde, pero ese día Alemania, Francia o España renunciaron al marco, el franco o la peseta y las integraron bajo el paraguas supervisor del Banco Central Europeo (BCE).
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Las acciones en las bolsas, que acogieron con entusiasmo la nueva moneda, empezaron a denominarse en euros. Y también lo hicieron préstamos o el pago de tributos. Dos décadas después, y tras una recesión que amenazó su supervivencia, los ahora 19 países de la moneda única afrontan el reto de completar la arquitectura del euro y relanzarlo en el mundo.
Imagen del 31 de diciembre de 1998. El presidente de la comisión Europea y el comisario europeo para Asuntos Monetarios, Yves Thibault de Silguy destapan el panel de cambio de divisas de los 11 países que estrenaron el euroImagen del 31 de diciembre de 1998. El presidente de la comisión Europea y el comisario europeo para Asuntos Monetarios, Yves Thibault de Silguy destapan el panel de cambio de divisas de los 11 países que estrenaron el euro PHILIPPE HUGUEN AFP
Desde el principio, las expectativas eran muy altas. El entonces comisario europeo de Asuntos Monetarios, Yves-Thibault de Silguy, afirmó en 1998: “El euro suprimirá la inestabilidad monetaria, reducirá los costes de las empresas y garantizará los tipos de interés bajos y estables. Hoy nadie imaginaría a Estados Unidos con 50 monedas. El dólar ha hecho fuerte a este país. El euro hará que la voz de Europa se oiga más fuerte en todo el mundo, lo que le permitirá defender mejor sus intereses, que van mucho más allá de los puramente monetarios”.
Portada de EL PAÍS de el 31 de diciembre de 1998, con la bienvenida del euro
Portada de EL PAÍS de el 31 de diciembre de 1998, con la bienvenida del euro
Papel del BCE
Desde el principio, el BCE reivindicó su independencia, sobre todo de Alemania, algo que ha seguido haciendo hasta hoy su presidente, Mario Draghi. En 1999, Duisenberg reclamó que los políticos “no intervengan en la política monetaria del BCE y no deben ejercer presiones”. Duisenberg aseguró que “el valor del euro estará determinado por los mercados financieros, no por el BCE”.
El euro empezó a competir con el dólar desde su nacimiento. Los primeros años de funcionamiento supusieron una etapa de sólido crecimiento económico, que alcanzó su cenit en 2008, cuando la crisis financiera originada en Estados Unidos revitalizó la divisa europea como valor refugio frente al dólar.
“Ahora es la segunda moneda más utilizada del mundo, con 60 países que vinculan sus monedas al euro de una u otra manera. Pero debemos hacer más para permitir que nuestra moneda desempeñe su rol de forma plena en el ámbito internacional”, aseguró el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en su discurso sobre el Estado de la Unión el pasado septiembre.


Hecho por: Pablo Schwarz Nº17

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